EL PASADO PRESTIGIO DE NUESTROS VINOS

 

Este verano me estoy dedicando a repasar algunos de los libros editados en los últimos doscientos años y analizar si hubo tiempos mejores para la reputación de nuestros vinos a nivel mundial. La conclusión que saco es que vamos perdiendo el cliché que antaño nos distinguía como país vinícola con los vinos dulces, rancios y el jerez. imagesCAU9GN1C

Queda claro que hoy los vinos dulces, ya sean los nuestros y los de fuera, no están de moda pues pertenecen a momentos ociosos que hoy ya no existen. Las sobremesas y los largos aperitivos han desaparecido de un plumazo en los últimos 25 años. Solo disponemos del momento sagrado e ineludible de la comida y ahí son partícipes los vinos de mesa, menos protagonistas y con menor impacto papilar que los tradicionales. Vinos que cuya producción y consumo se han globalizado, como  todo.

Recordemos que los vinos más antiguos en la cultura mediterránea son  los rancios y dulces, y España no ha sido la excepción, muy al contrario. Leyendo los marchitos legajos de nuestro pasado, nuestros vinos tradicionales han sido los más admirados internacionalmente, bastante más que el interés que en la actualidad puedan generan los más apreciados como los riojas, riberas y priorats. Incluso  la reputación que en nuestro país tienen los vinos de estas zonas, no se halla al mismo nivel en el extranjero. La razón, (ya lo he comentado en más de una ocasión en este blog)  es, por un lado, la rémora que para nuestras marcas de calidad ha tenido el vino a granel y la falta de  firmeza  para defender la calidad sin ceder en los precios y, por otro, que nuestros  vinos de mesa no difieren tanto como para llamar la atención de los buenos vinos del mediterráneo francés o de los italianos, desde la  Toscana hasta Sicilia.

VINOS HEDONISTAS

En cambio, nuestros vinos dulces y rancios en su historia de 4 siglos han estado mucho más identificados con la geografía y el clima españoles. Es evidente que el lustre que en la historia han tenido los vinos dulces, no sólo los europeos,  sino también los moscateles de Costantia en la Ciudad de El Cabo, se debe a su condición de vino hedonista. La sociedad británica no bebía vino como una necesidad alimentaria, como ocurría en los países mediterráneos, sino como un plus de refinamiento, como un saber estar. Las largas sobremesas de entonces hasta el momento del té de las cinco, permitían degustar sorbo a sorbo los innumerables vinos dulces producidos en el mundo. Los temas de conversación en los clubs sociales en torno a una copa de oporto, canary o jerez, versaban de política, finanzas o del mismo vino que bebían. Esta distinción solo alcanzó tenuemente a las damas españolas con el moscatel con  pastas en horas vespertinas, mientras que en las tabernas y en las mesas se bebía vino de pasto corriente incluso como un acto rutinario. El  ocaso de esta bebida en la actualidad ha ido parejo con la desaparición -repito- de aquellos tiempos de agradables y prolongadas sobremesas.

Fachada antigua de Gonzalez Byass

Fachada antigua de Gonzalez Byass

La mejora de la calidad de los vinos secos españoles que se inicia en los Ochenta no llega a alcanzar en la actualidad el prestigio que hasta aquellos años tuvieron los vinos de Jerez y Málaga, la malvasía de Canarias y el rancio de Peralta en el siglo XVIII y XIX, el tostado de Rivadavia en el siglo XVI e, incluso, el fondillón en el siglo XV. Los blancos de Tierra de Medina (los actuales vinos de Rueda) tenían en el siglo XVI cierta fama fuera de nuestras fronteras como vinos rancios, mezcla entre soleras y envejecimiento estático.  Basta echar un vistazo al libro de “Agricultura y Zootecnia” de Joaquín Ribera, editado a finales del siglo XIX,  o a André Jullien con su “Topographie de Tous les Vignobles Connus” del año 1816, o a los  textos escritos por el Abate Rozier en el XVIII con su “Diccionario Universal de Agricultura”, para comprobar que los vinos más insignes no eran los que hoy entendemos como los mejores. A trancas y barrancas todavía Jerez es un intocable, pese a todos nuestros “esfuerzos” para desprestigiarlo a finales de los Setenta con unos precios irrisorios.

VINOS ORIGINALES

¿Es posible creer que hemos sido más creativos en la elaboración de vinos rancios y dulces que en la de los vinos de mesa? Naturalmente. Hasta bien entrada la década de los Setenta del último siglo, cualquier bodega española tenía como mascarón de proa a un vino dulce o rancio y la mayoría contaban con un alambique para aguardientes antes de imponerse la limitación de la destilación generalizada. Un anuncio típico en la prensa diaria a finales del Diecinueve era: “Bodegas Entrena, elaboración y venta de vinos, alcoholes y mistelas“.

Asoleo de racimos sobre alfombras de esparto

Asoleo de racimos sobre alfombras de esparto

Eran vinos originales, siguiendo unas pautas heredadas de viejas tradiciones vinculadas al clima y de compleja elaboración. Era la identificación de cada firma por su capacidad para producir un vino-placer frente al vino-alimento, cual eran los vinos de mesa.  Nuestra capacidad creativa en relación con el vino, se ha condensado en la crianza oxidativa, tanto del rancio como del dulce, procedentes, bien por deshidratación por asoleo de racimos en las zonas cálidas, o de vendimias de racimos pasificados en la misma cepa, un modelo que se corresponde con nuestro sol y baja pluviometría. En cambio, en las zonas menos soleadas como Galicia, Asturias y Santander,  los racimos se dejaban deshidratar en cobertizos secos (los tostados )y se elaboraban en enero, incluso en la Rioja se hacía un vino semejante: el supurado. En nuestra web http://www.guiapenin.com/destacados/banco-de-pruebas/245-vinos-con-sabor-a-historia.html podéis ver los vinos más puntuados aún supervivientes de esta práctica tan antigua.

Daguerrotipo de AlvearEn mis años de correrías por viñas y bodegas allá por los años Setenta, los mejores vinos del Priorat todavía  eran considerados como dulces y muchas bodegas elaboraban vinos tipo amontillado u oloroso, tanto en La Mancha como en Extremadura. El asoleo de los racimos en alfombras de esparto ha sido una práctica común no sólo en Andalucía, sino también en Cataluña, La Mancha, Tierra de Medina, Aragón y Jumilla. Hoy esta práctica solo se mantiene en Montilla-Moriles y Málaga. Cuando por primera vez recorro las principales firmas jerezanas en aquellos años,  me quedé impresionado del impacto que sus vinos tenían entre los periodistas, escritores y compradores extranjeros que visitaban sus bodegas. Sólo se hablaba en inglés y gran parte de los folletos y catálogos estaban editados en esta lengua. Un universo casi mundano frente al culto a la telaraña y al paisaje subterráneo de las clásicas bodegas riojanas a la vista del visitante nacional.

LOS VINOS QUE DESAPARECIERON

Los antiguos vinos de Rueda

Los antiguos vinos de Rueda

En general,  nos falta el orgullo para defender los vinos históricos. Somos verdugos de nuestras tradiciones cuando se trata de proyectarlas al mundo, quizá, por nuestros prejuicios de considerar aquellos vinos como un retrato folklórico. Tanto los portugueses como los franceses e italianos, siguen manteniendo sus vinos dulces como testigos de una historia fecunda. A diferencia de nuestros vecinos, hemos sido el único país que dejó desaparecer algunos vinos clásicos, como el tostado de Rivadavia y el Canary Sack, admirados en la Corte inglesa y que, por prejuicios religiosos con los ingleses en el primer caso y por la soterrada hostilidad socioeconómica en el segundo, estos vinos dejaron de enseñorearse en las mesas británicas.  Algún reducto de aquellos  canary son las malvasías viejas de La Palma y Lanzarote, excelentemente puntuados en la Guía. Aquel trasañejo malagueño por el que suspiraban los franceses hasta los años Cincuenta últimos, se ha quedado reducido a un volumen  testimonial. En Aragón era normal que las bodegas tuvieran en su catálogo tanto las “pajarillas”, vinos blancos fermentados con sus pieles, como los tintos, ambos  con un deje entre rancio y dulce. No tienen nada que ver con los paxarete  (aunque ya André Jullien describía las “pajarillas” de Sanlúcar confundiéndolos con el pajarete), término que se utilizaba en el litoral mediterráneo y en Andalucía para designar los vinos de moscatel mezclados con arrope o vino cocido o hervido.  Curiosamente, estos vinos sobreviven en el norte de Chile. La malvasía de Sitges era un referente del vino catalán  que hasta finales del XIX se exportaba a la rica sociedad colonial americana. La particularidad de estos vinos dulces era la ubicación de los viñedos en los bancales del Garraf, dulcificado por la brisa del mar y cultivados en suelos de componente calizo.  El vino de Alella semidulce era mucho más notorio hasta los años Veinte del pasado siglo que los alellas secos de hoy. La burguesía catalana se deleitaba con el legendario Marfil. El rancio de Peralta, localidad navarra, fue famoso en el siglo XVIII, cuya elaboración partía de una lenta fermentación de 4 meses en toneles de cerezo de 3.200 litros, después de despojar el raspón de los racimos previamente deshidratados, reduciendo su volumen en dos tercios. Durante la fermentación se vertían 320 litros de mosto cocido reducido también a dos tercios y una canasta de hollejos sin pepitas ni raspón. El vino después se trasegaba a pipas más pequeñas  de la misma madera, envejeciendo 4 años.

¿no son estos vinos más originales que los que a diario comentamos en reseñas, blogs y mesas de cata?

 

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José Peñín

Acerca de José Peñín

José Peñín, 1943, Santa Colomba de la Vega (León). Es el escritor de vinos mas prolífico de habla hispana y uno de los periodistas y escritores más experimentado de nuestro país en materia vitivinícola, decano de la profesión y el más conocido a nivel nacional e internacional.Desde que creara en 1990 la “Guia Peñin”, es el referente más influyente en el comercio internacional de vinos españoles y la publicación en esta materia mas consultada a nivel mundial, lo que le convierte el más importante creador de corrientes de opinión en torno al vino. Viajero infatigable, ha recorrido casi todos los viñedos del mundo, a la vez es conferenciante, consultor, catador de reconocido prestigio, miembro de diferentes jurados internacionales con innumerables premios en su ejecutoria profesional que alcanza en la actualidad mas de 35 años en la actividad vitivinícola.
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4 respuestas a EL PASADO PRESTIGIO DE NUESTROS VINOS

  1. Ismael dijo:

    Solo un comentario, tengo 35 años y el “vicio” del vino me picó hace un par de años. Mi último “descubrimiento” ha sido la variedad Pedro Ximenez… Lo dejo como detalle del desconocimiento que tenemos los españoles, en su gran mayoría de este tipo de vinos. Lo mismo sucede con los Jerez, Manzanilla, etc. En Madrid paras a cualquiera en la calle y le preguntas que diferencia entre un Jerez y una Manzanilla y las respuestas serán espectaculares…

  2. Completamente de acuerdo contigo, admirado José. A veces pienso que estamos perdiendo la originalidad en la elaboración de ciertos vinos. Una cosa es el aspecto comercial o las peticiones de los clientes de fuera de España, y otra es lo que pasaría con ellas si encontrasen vinos originales como los que citas en tu escrito.
    Abrazos maños.

    • No obstante Juan, estos vinos nunca en la historia, han sido de gran consumo, basta entender que sus precios siempre eran mas caros que el “vino de todos los días”. Cuando el canary se vendía es que Madeira vendía menos, si el malaga se bebía en París en el Diecinueve otros vinos lo acusaban. No obstante, lo censurable ha sido el empeño de proyectar los vinos de mesa con un mercado mas competitivo y menospreciar los vinos históricos.

  3. Eel vino por excelencia en el XIX, era el BRISTOL CREAM, de bodegas de Jerez

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